Opinión

Salvador Camarena: El cubrebocas

Seguridad. | Muchos usuarios del transporte público siguen utilizando cubrebocas | Fuente: Cuartoscuro

Los viejos pero no menos actuales cartones de Quino sobre la inequidad tienen una nueva representación en el México pospandemia.

Si la memoria no me falla (cosa que precisamente por el covid es muy frecuente) el dibujante argentino tiene cartones sobre ricos en autos elegantes en contraste con el atiborramiento de los autobuses

Hoy en nuestro país Quino dibujaría, estoy seguro, las carcajadas que dejan ver sonrisas gatunas de las y los clientes de todo tipo de establecimientos, mientras eso que se sigue llamando –indebidamente– personal de servicio oculta su sonrisa, o la mueca, bajo el cubrebocas. 

La mascarilla o barbijo va rumbo a ser un nuevo santo y seña de nuestra desigualdad. Los empleados de restaurantes y bares, incluso de fondas y changarros, lo portan, los comensales y parroquianos no. ¿Por qué?

La gente escupe saliva al hablar. No hay forma de evitarlo y acaso sea lo mejor: nos mezclamos y con ello se refuerza la especie, nos preparamos continuamente para un mundo de enfermedades y bichos. Algo así como el kínder, donde los críos compartirán sus mocos –para bien, aunque sea una lata el contagiadero, se resignan los padres–, pero a lo largo de la vida. Cada interacción, una posibilidad de que algo me pase, no siempre cosas malas.

Es decisión individual ponerse el trapo a la hora de viajar en transporte público urbano o foráneo. Yo lo sigo haciendo en el avión o en el autobús. Creo, quizás equivocadamente, que así podré evitar una de cada tres gripas que me pegarían sin el cubrebocas. Algo es algo, y sobre todo es mi decisión. 

En el Metrobús mucha gente lleva cubrebocas. Y en el Metro no se diga. Yo a veces sí, a veces no: depende de la suerte de que traiga uno, pues ya sólo los procuro con anticipación si he de viajar fuera, como se dice coloquial y divertidamente. Así que como ven, y para zanjar de lleno la cuestión, no estoy en contra de la mascarilla. Incluso la recomiendo. 

Pero recomiendo más que, salvo en hospitales y clínicas, el personal que atiende público no sea forzada, por autoridades o sus patrones, a portar barbijo. 

Si el dueño de la barbería quiere usarlo al atender al cliente, perfecto. Pero si uno le pone el cuello a merced de su navaja, y hasta cierra los ojos en el trámite no sin algo de placer al sentir el afeitado, ¿por qué ha de usar mascarilla quien nos dejará el rostro sin pelos de más?

Y lo mismo con él o la masajista: ¿le dejamos tocarnos lo que casi nadie pero no que respire libremente a centímetros de nuestra piel? O con el taquero: ¿hace de todo con las manos (no entraré en detalles) pero, eso sí, porta un trapo muy muy venido a menos para no salpicar los cuatro de pastor que no pocas veces van con todo incluido sudor? 

Meseras y meseros del mundo mexicano: uníos y quitaros la mascarilla. Sobre todo, porque no sirve de nada salvo para marcar una distancia que en el fondo está reñida del buen servicio que debiera distinguir a quienes ofician en los locales dedicados a nuestra restauración. 

Y con los que nos sirven comida que todos se despojen, saliendo del transporte público si es que ahí la usaron, de la mascarilla. Que no se vuelva un símbolo de prepotente estatus: a los que empleamos la traen, los que pagamos no. 

Abajo con esa nueva forma de discriminar: todos a cara limpia o nadie. Mejor lo primero. Para que Quino vea que al menos eso aprendimos.

Salvador Camarena 30.53.2023 Última actualización 30 junio 2023 6:53

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