Opinión

René Delgado: ¿Disonancia o consonancia?

Al ritmo. | La actuación de AMLO y Sheinbaum es consonante o disonante; cada vez hay más eventos que podrían sorprenderlos | Fuente: Fotoarte: Esmeralda Ordaz

A Zoé por su presencia, a Carla y Johann por haberla traído.

Contrasta la propaganda de encuestas dando por segura ganadora de la elección presidencial a Claudia Sheinbaum con las rasposas acciones gubernamentales supuestamente a favor de ella. La primera presume que la exjefa del gobierno capitalino despachará pronto en Palacio; las segundas, la decisión de amarrar la victoria a como dé lugar, así tenga un costo.

Sin embargo, de ser cierta la distancia con que Sheinbaum aventaja a su contrincante Xóchitl Gálvez, la constante intervención presidencial en el proceso electoral y otras acciones presuntamente en su respaldo resultan inexplicables, por no decir riesgosas. Ante la aparente contradicción, aflora una duda. ¿Lo uno y lo otro constituye una disonancia o una consonancia en la estrategia? Esa interrogante puede tener dos respuestas.

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No hay disonancia, sino consonancia.

Es una estrategia concertada y compartida por el presidente de la República y dirigente del movimiento y la candidata y probable sucesora. Así, transitan por carriles distintos, pero paralelos a fin de asegurar de un modo u otro el triunfo electoral y mantener al movimiento en el poder.

En ese plan, la aparente contradicción no es tal. Deja a salvo de la zafiedad política a Sheinbaum, zafándola de la gresca electoral y permitiéndole presentarse como un cuadro de la izquierda lopezobradorista con carácter, conocimiento y experiencia. Una candidata en condición de hacer suya la Presidencia, convencida de la importancia de la continuidad del proyecto y la necesaria disciplina a guardar ante el líder fundador del movimiento y padrino de su candidatura. En tal circunstancia, ella concentra la actividad proselitista en lubricar –con un extenuante recorrido– el contacto con la base social del movimiento, cuyo músculo necesita, y en renovar –con un estresante ejercicio– el contacto con determinantes grupos de poder, de cuya fibra requiere. Atiende, pues, dos polos fundamentales, aunque no ha conseguido restablecer lazos y puentes con sectores de la clase media.

Esa estrategia explica por qué la abanderada de Morena está estrictamente en lo suyo, sin darle juego de más a su adversaria. Granjeándose la simpatía de la base social del movimiento y comportándose ante las élites como una virtual jefa de Estado con capacidad de continuar y ajustar las políticas emprendidas por el lopezobradorismo, agregando otras propias. Así, se concentra en atender y convencer a los polos de su interés principal sin engancharse ni perder el tiempo en las ofensivas y desplantes de la oposición, dejando ese asunto al gobierno y los cuadros del movimiento.

No hay pues disonancia, sino consonancia que, de implicar costos, se cargarán a la cuenta del presidente saliente y no del entrante, con la tranquilidad del primero de poderlos solventar con el remanente de su índice de popularidad y la satisfacción de comprometer –en el más extenso significado de la palabra– a quien por los indicios lo sucederá.

Juegan, pues, al uno-dos.

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No hay consonancia, sino disonancia.

El equipo cerrado de colaboradores de Claudia Sheinbaum y el de Andrés Manuel López Obrador trabajan denodada y acuciosamente en lo suyo, pero sin comunicarse con fluidez, coordinarse con esmero ni calcular el efecto de sus respectivas acciones y resolver las naturales diferencias entre ellos. Curiosamente, el presidente y la candidata están obcecados en lo mismo, pero desde una óptica distinta: el legado. Cada uno lo mira, desde su respectiva perspectiva: la entrega y la recepción.

El mandatario está empeñado en afianzar las bases de su proyecto; hacer resplandecer su obra, así genere conflictos o problemas de última hora; y, sin decirlo, buscando trasponer el umbral de la historia a gusto. Afanes que intenta combinar con un apoyo contumaz, pero burdo y riesgoso a quien ve como heredera. Sólo así se explica el paquete de reformas constitucionales y legales de carácter axiológico enviadas al Congreso el pasado cinco de febrero que aviva la polarización y hoy se encuentra en un impasse; las reformas legislativas recién aprobadas o en curso, de carácter pragmático a fin de fortalecer el presidencialismo; así como el déficit financiero con que se cerrará el sexenio, comprometiendo el margen de acción el año entrante. Acciones acompañadas del cuestionable apoyo que dispensa a la candidata, interviniendo a su favor en el proceso electoral sin advertir que, con ello, abre la puerta a la impugnación del proceso, sino es que al reclamo de nulidad de la elección.

A su vez, la candidata encara un desafío mayúsculo, pero ahí la lleva: calar en el alma de la base del movimiento sin intranquilizar a los poderosos, consciente de su falta de carisma. Por eso, ha emprendido una campaña agotadora, al tiempo de lidiar con los cuadros radicales que quisieran encorsetarla e intentar poco a poco mostrar su propia personalidad, sin lastimar la susceptibilidad del dirigente del movimiento. En ese aspecto, la evolución de su desempeño es cada vez más notoria. Aunado a ello, está impelida a hacer malabares para hacer suyas las iniciativas presidenciales, pero sin plegarse al dictado o al capricho. Menudo desafío. Y, por si algo faltara, a parte de su equipo lo tiene metido en revisar las condiciones financieras y políticas en que podría recibir el legado.

No hay concierto, sino desconcierto.

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Disonante o consonante la actuación del dirigente y la candidata de Morena, hay un ingrediente que ambos desconsideran. Cada vez son más los eventos provocados sin querer o adrede que podrían sacudir al gobierno y la campaña.

Perder de vista o descuidar esos eventos podría causar una sorpresa mayúscula. El legado podría ser distinto al que uno quisiera entregar y la otra recibir.

René Delgado 26.56.2024 Última actualización 26 abril 2024 5:56

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